Individualismo radical
o el generoso egoísmo

David Testal · enero | 2024

«No hay que ser yo, pero menos aún nosotros».
· Simone Weill ·



«El buen orden resulta espontáneamente cuando
se dejan las cosas a sí mismas».
· Chuang Tzu ·


«Las necesidades de la sociedad van antes 
que las necesidades individuales».
· Adolf Hitler ·

1.

Sólo existe el individuo, único e irrepetible, tan complejo en esa unicidad que colectivizar a personas por uno o varios rasgos comunes resulta siempre injusto y grotesco. Toda etiqueta identitaria es analgésico para perezosos mentales, o excusa para el odio y el ataque de envidiosos y resentidos, o alegación para aprovechados que pretenden sacar partido de ella. Pero, que sepamos, como sujeto responsable de sus acciones, sólo existe el individuo. El individuo que ahora escribe esto, el individuo que lo lee, piense lo que piense de lo escrito o de quien lo escribió. Sólo ese individuo es sujeto de toda creación, de toda existencia. Sólo lo singular puede decidir, y lo plural no es más que mera consecuencia de esas decisiones singulares. Incluso el individuo colectivista es un individuo. Lo es quien voluntariamente decide formar parte de un determinado colectivo. Lo es quien lo inventa e invita a otros a conformarlo. Lo es quien se vanagloria o pretende aprovecharse de ser parte de un grupo que mágicamente lo protege o debería protegerlo por el mero hecho de coincidir en alguna cualidad innata y arbitraria con sus miembros,o de compartir con ellos aparentemente alguna circunstancia vital. Lo es quien es tratado muy a supesar como parte de algún colectivo preestablecido y es forzado a cargar con la cruz ajena del nauseabundo victimismo de la mayoría. Es un individuo el más tonto de los borregos que, por no atreverse a confrontar sus límites y crearse un alma, prefirió diluir su responsabilidad y así sacrificar su existencia por lo que le convino considerar un bien mayor, por una supuesta gloria colectiva con la que pretendió compensar su ego raquítico y tirano. Todos somos individualistas. Quien decide poner a un colectivo como su prioridad lo hace por la satisfacción personal que le produce creer o fingir que vive a favor de algo que lo trasciende. Y para pretender trascender al individuo que somos, primero debemos considerarnos ese individuo,que es quien tiene la soberanía sobre sí mismo para decidir trascenderse. A ningún colectivista le gustaría que le prohibieran como individuo formar parte del colectivo al que quisiera adherirse o que le obligaran a formar parte de otro que le causara rechazo. Entonces aun sin querer serlo, aun detestando a quienes así se proclaman, es imposible no ser individualista. Además el concepto de individuo es indispensable para crear el concepto de colectivo, que sería una realidad que emana de la realidad individual, una abstracción ilusoria creada por individuos para ampararse en ella. Cuando digo que sólo el individuo existe, no niego la existencia de todo lo que el individuo hace que exista, ni doy carta de realidad objetiva al individuo, sino que declaro al individuo como realidad indispensable para que existan todas las demás, como la ilusión que sueña el resto de ilusiones. El colectivismo es opcional para el individuo, pero el individuo es indispensable para cualquier colectivo. Incluso para dar la vida por una comunidad hace falta ser ese individuo que lo decide. Un colectivista sería entonces un individualista deshonesto, aquel que jamás se llamaría individualista a sí mismo, pues cree que así se presentaría como egoísta ante sus camaradas, aquel que se cree moralmente superior poniendo los intereses de un supuesto colectivo por encima de los suyos y de los de cualquier otro, pues cree que esta es la única manera de trascender o vivir dedicado a mejorar la sociedad a la que pertenece, como si esa opción filosófica no la tomara por su propio interés, para sentirse bien con respecto a esa y otras creencias asumidas como verdades incuestionables, y sin que le importen las desastrosas consecuencias que suele tener esapresuntuosa temeridad para dicho colectivo, y por ende para todos. Sólo el individuo tiene percepciones, piensa y actúa, y por ello es cuanto menos irrisorio que un colectivo pretenda ser sujeto de derechos, cuando ni siquiera es un sujeto. Un colectivo no es nadie, es una abstracción que, al ser reclamada voluntariamente como hogar, suele funcionar como escondrijo de cobardes que buscan diluir su responsabilidad dentro y calmar así su conciencia. No se trataría entonces de una suma de fuerzas, sino que sería la adhesión a una organización lo que precisamente debilitaría a cada miembro de la misma, sumando debilidades, sumando voluntades atrofiadas que buscan compensar esa atrofia apoyándose en la atrofia de otras. De hecho son muchos de los miembros de determinados colectivos quienes acaban quejándose de esta plaga que parasita la honesta e ingenua primera intención de sus fundadores o de quienes quisieron instrumentalizarlo. Y mientras dentro de estos grupos se ladran entre sí, muchas personas en apariencia solitarias, sin exigir ayudas ni mendigar adhesiones, sin excusarse lloriqueando en la falta de medios o compañía, acaban logrando más rápidamente lo que esos grupos buscaban lograr, esos grupos que se han ido auto-destruyendo en la continua negociación interna, en la absurda búsqueda de consensos para decidir cómo realizar la más ridícula nimiedad. Y no estoy diciendo que todos los miembros voluntarios de un colectivo sean cobardes, sino que por su misma naturaleza el colectivismo se convierte en un escondrijo y un subterfugio ideal para ellos. Por otra parte existen esos colectivistas que lideran o aspiran a liderar cada colectivo, que logran convencer al desesperado, indignado o desamparado rebaño de que ellos, los líderes, encarnan a la perfección ese grito conjunto o ese anhelo común de una nueva humanidad, de que ellos lo canalizarán y representarán, de que ellos los guiarán. El líder finge hacerse responsable del colectivo cuando lo que busca es que sea el colectivo el que, como una sociedad interpuesta, se responsabilice por él y a la vez le ayude a perseguir sus intereses personales, intentando utilizar a la entregada masa para su propio beneficio mientras finge sacrificar su individualidad por ella. Ningún colectivo busca ni siquiera el interés común de sus miembros, sino que son uno o varios individuos coordinados quienes acaban imponiendo un interés común a sus miembros, haciendo creer que todos aquellos que no se sumen, que no les sigan entusiasmados repitiendo las soflamasindicadas, son enemigos de dicho colectivo, enemigos de los intereses de los que ellos dicen ser los únicos y auténticos defensores. Este tipo de colectivismo arrogante es al parecer lo que Frederich Hayek llamaba “individualismo falso”, y es precisamente el germen de toda verdadera opresión, aquello en lo que se sustenta tanto el sistema de lobbies y partidos políticos como esa inercia cultural de crear asociaciones de todo tipo que sustituyan la responsabilidad individual y fomenten la dependencia, indispensable para que el poder de turno pueda atar en corto a los individuos. Es importante aclarar que, obviamente, en muchas ocasiones necesitamos agruparnos para realizar algo concreto que requiera de la cooperación consciente y voluntaria de varias personas, y esto no tiene nada que ver con el colectivismo propiamente dicho, el cual sería una postura filosófica que priorizaría un hipotético interés colectivo frente a cada interés individual. Si por ejemplo quiero llevar un proyecto personal a cabo, y necesito para ello de la colaboración de otros,ateniéndome a mi idea de individualismo buscaré a personas que colaboren conmigo por puro egoísmo personal, es decir: que lo hagan por placer, por la alegría de saber que forman parte de ello, también por el interés propio de buscar al hacerlo aquello que personalmente les reportará en un futuro el haber participado, que es igual que decir que buscaré a personas para quienes el hacerlo dé un sentido a sus vidas mientras lo hacen. Un individualista jamás formará parte de un grupo para el cual no sea considerada una suerte su presencia, y jamás permitirá que alguien que sólo busca diluir su responsabilidad en el grupo lastre y pudra la ilusión de todos. Todo grupo camina al ritmo del más lento y actúa conforme a la inteligencia del más tonto, así que los únicos grupos eficientes y útiles son los formados durante un periodo de tiempo, para un objetivo muy concreto, compartido unánimemente por sus miembros y para el que sea imprescindible la colaboración de varias personas, y sobre todo siempre en régimen de admiración mutua. Si no es así, mejor cada cual por su lado. Mientras no sea indispensable cooperar voluntariamente, más alláde la inevitable cooperación que significa estar vivos, evolucionamos conjuntamente más rápido cuando cada cual se ocupa por separado de su propia evolución, sin mendigar cobijo en manadas, sin buscar excusas ni pedir a otros que lo atiendan y apoyen, pero sin negar tampoco cualquier apoyo espontáneo por afinidad, agradeciéndolo. El individualismo que concibo se basa en la humildad de aceptar que nadie puede saber cuál es la mejor forma de vivir para otros ni de lograr las cosas que considera más justas a nivel colectivo, la humildad de intentar realizar en nuestra vida lo que quisiéramos para el mundo sin buscar que otros lo hagan igual, de vivir ocupándonos exclusivamente de aquello que depende de nosotros y dejando a los demás en paz, sin meternos en sus asuntos y sin dejar que se metan en los nuestros. Asumimos la interdependencia de todos los seres, sí, pero no pretendemos dirigirla, o como Hayek diría hablando esta vez del “individualismo verdadero”: confiamos en el orden espontáneo, ese orden no planeado consecuencia de la suma de acciones individuales voluntarias, lo asumimoscomo el orden más benéfico, justo y creativo, por ser el único que no requiere coaccionar a otros. No seríamos así contrarios a lo colectivo, que sería como estar en contra de la realidad, sino que seríamos individualistas porque buscamos precisamente lo mejor para el colectivo al que voluntaria o involuntariamente pertenezcamos, y porque nos sentiríamos ridículos intentando imponer nuestro criterio a los demás. Son los colectivistas quienes actúan como si por la presunta defensa de su colectivo estuviera justificado pasar por encima de los derechos del resto de la humanidad, son ellos quienes descuidan a los individuos, a sí mismos, y acaban de esa forma actuando en contra del colectivo que dicen defender. Al priorizar al colectivo siempre se atenta contra el individuo y se daña así al colectivo, y sin embargo al priorizar al individuo se optimiza el funcionamiento del colectivo que aparentemente no hemos tenido en cuenta. Lo queramos o no, todos formamos parte al menos de un colectivo: el de los seres humanos. Aunque ateniéndonos a diferentes definiciones de los que es un ser humano, quizás sería aventurar demasiado. Pero partiré de tal convención comúnmente aceptada y de que, como tales seres humanos, conformamos un sistema, una unidad expresada y representada en cada individuode forma única e irrepetible, una inteligencia colectiva inabarcable e incomprensible para ningún individuo ni para ningún grupo de individuos. Somos vehículos diferentes de esa inteligencia cuyospropósitos, si es que los hay, o cuyos impulsos, no podemos entender desde nuestra moral y nuestras limitadas capacidades cognitivas. Podríamos decir de forma metafórica que los acontecimientos son más inteligentes que cualquiera de los seres implicados en ellos, y que es esa inteligencia colectiva la que opera a través de los individuos generando armonías inexplicables para nosotros, más allá de nuestras pedestres ideas de justicia. También podríamos decir, por ejemplo, que todos los Dioses imaginados a lo largo de la Historia son meros intentos de representar simbólicamente esa inteligencia. Si aceptamos la existencia de esta misteriosa inteligencia colectiva de la que formamos parte, y gracias a la cual evolucionamos como especie, nuestra unión es inevitable. Estamos ya unidos. Aunaislándonos en aparente soledad, aun luchando como tontos entre nosotros, lo estamos. Aun pretendiendo cambiar un sistema, lo estamos conformando. Entonces aunque seamos individualistas pertenecemos siempre al menos a un colectivo natural no elegido. Sin embargo se trataría de ser consciente de que la existencia de los individuos se justifica por su capacidad para buscar su satisfacción y sus intereses personales, saber que ese deseo y las acciones derivadas son la genuina aportación de cada uno al inevitable colectivo humano que conformamos entre todos, aparentes amigos y aparentes enemigos. Una muchedumbre se vuelve más errática y por ello peligrosa cuando una autoridad pretende organizarla u homogeneizarla. Un estornino que escapa de forma egoísta de un depredador provoca una configuración de su jauría que hace que sesalven el mayor número de compañeros. Cuando nadie nos obliga a ayudar a otros tendemos en conjunto a ayudar más y de forma más eficiente y placentera. Todos actuamos de forma óptima al sentir que confían en nosotros, al no ser constantemente vigilados, juzgados o corregidos. Al caminar por la calle nos organizamos, sin darnos cuenta, como bacterias altamente sincronizadas mientras creemos tomar decisiones libres de cómo y por dónde caminar, y precisamente gracias a que nadie se entromete en esa sensación individual e ilusoria de libertad en la cual consiste todo aquello que como seres humanos podemos llamar libertad. Al no reconocer esta unidad que somos todos aun estando aparentemente enfrentados en nuestra forma de ver la vida, los seres humanos tienden a agruparse de forma forzada alrededor de ideas que buscan imponer a otros y de aparentes objetivos comunes que pretenden universales o indiscutiblemente legítimos, para no sentirse solos a veces, para creerse más fuerteso más concienciados y mejores personas, para eludir la cruda e implacable responsabilidad personal frente a aquello que creen desear que cambie, y jugar entonces a que de alguna manera participan de una intención que en realidad no se atreven a hacer efectiva individualmente en sus vidas. Se agrupan para protestar contra una guerra, por ejemplo, y luego vuelven a casa y están en guerra con su familia, con sus vecinos, con los extraños que ven por televisión… Son los colectivistas quienes forman esos colectivos que se enfrentan entre sí y provocan todo tipo de conflictos, pues creer que tienes derecho a imponer tu criterio sobre otros sólo porque vayas de la mano con muchos es la principal motivación del colectivismo. Las guerras las hacen grupos enfrentados por esta causa, y el ser humano sale perdiendo siempre. Autoproclamadas minorías que se juntan para enfrentarse a figurados poderes, cuando son esas minorías quienes al hacerlo suelen pisar los derechos de otros individuos. Se quejan de esos supuestos poderes opresores mientras ejercen como tales. Como escribió Ayn Rand: “La minoría más pequeña del mundo es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales no pueden pretender además ser defensores de las minorías”. Los colectivos acaban convirtiéndose en marionetas de ese poder contra el que dicen luchar, pues al agredir a otros individuos legitiman a su vez el ser agredidos individualmente, y acaban convirtiendo en víctima de nuevo al individuo, a ellos mismos, a cada uno de ellos. Olvidan siempre que si por el bien de todos se hace daño a uno, ya no es el bien de todos, y que pretender el imposible bien de todos es no querer responsabilizarse del bien propio, que es el único bien que puedes aportar a otros. Por otra parte, el colectivo siempre contiene peor su violencia y es más arrogante y despiadado que cualquier individuo por separado, y sobre todo mucho más manipulable por una autoridad. Por eso a los Estados les convino siempre hacer que la gente relacionara el individualismo con un mal entendido egoísmo equiparado a ser mala persona, con falta de empatía o con un triste aislamiento social, cuando es justamente una sana autoestima y una alegre abundancia de afectos la que nos hace sentir lo suficientemente autónomos para no mendigar ser aceptados y dedicarnos a ofrecer nuestra autenticidad al resto, pudiendo por ello ser mucho más benéficos para nuestra comunidad, pues nos convertimos en quien crea y no en quien exige, vivimos en el ofrecimiento y no en el resentimiento. Pero adoctrinados hemos no sólo mantenido esa falsa imagen del individualista como triste malvado, sino que la hemos reforzado en contra de nosotros mismos para no sentirnos culpables por la demonizada verdad, y nos hemos enorgullecido de haber sido “sociabilizados”. Nos han amaestrado muy bien. Dependientes de esa impostada sociabilización somos más controlables y dóciles sin saberlo. Incluso una masa en contra es más fácil de combatir que una multitud de individuos por separado, que son inabarcables e invencibles,y van transformando la realidad a través de sus decisiones descoordinadas pero involuntariamente unánimes en su coherencia. Simbólicamente hablando, mientras un montón de energúmenos idiotas intentan derribar la puerta, una sola persona puede estar inventando la llave. Es el verdadero individualista quien al no buscar que nadie haga lo que él considera correcto, quien al defender el derecho propio y de cualquier otro a vivir como considere sin coaccionar a otros, quien al dedicarse a aportar a la sociedad lo máximo que sabe gracias a que se honra a sí mismo, quien al atender y respetar a cada individuo como tal y no como miembro de un colectivo, camina así en paz junto a todos y pone en evidencia lo innecesario de toda autoridad rectora. Por ello los individualistas son los más temidos por aquel poder contra el que los ruidosos colectivos de turno pretenden a veces luchar. Y es que dichos colectivos acaban convirtiéndose en ese mismo poder si lo logran derribar. Sólo el individualista respeta verdaderamente al otro, practicando la generosidad de no imponerle su idea de generosidad. Sólo la independencia del individuo libre frente a todo colectivo conlleva y conllevará transformaciones humanas esenciales,y no ninguna revolución social o política, que sólo son ridículos pataleos en la Historia de niños abusados buscando ser los abusones, víctimas buscando venganza y perpetuando el péndulo del rencor. O como sucede ahora en muchos de los países más libres y boyantes: hordas aburridas e indolentes fingiéndose víctimas para así legitimar su envidia y justificar su agresividad hacia otros, sacando provecho además de ella. En mi experiencia tratando con individuos de todo el mundo durante años, buscando juntos puertas de salida definitivas a sus problemas, he podido constatar la naturaleza sistémica de nuestra especie. Son impredecibles e inabarcables las consecuencias que un pequeño cambio personal puede tener no sólo en el círculo más cercano al individuo que se transforma, sino también en círculos más y más lejanos, como una onda expansiva que va multiplicando en progresión geométrica su influencia, creando a su vez otras ondas expansivas que nacen de los individuos alcanzados. El aleteo de una mariposa que deriva en tormenta. Al parecer se ha comprobado cómo los niveles de felicidad se contagian y propagan de igual manera, y cómo incluso alguien que conoce a alguien que tú conoces, pero que no tiene ni siquiera trato directo contigo, aumenta sus probabilidades de sentirse feliz cuando tú te sientes feliz. Cuando uno se transforma ya ha transformado el sistema, sin necesidad de ninguna acción dirigida a ello. Por supuesto que tus decisiones ya serán otras y esto conllevará acciones concretas, pero no serán estas acciones las que logren la transformación, sino que habrá sido la transformación previa la que haga posible esas acciones, que estarán inscritas ya en un sistema distinto. Una y otra vez he visto cómo cuando un individuo tiene el extraordinario coraje de realizar un cambio radical y benéfico en su vida, de forma absolutamente egoísta, por su propio bien, sin tener a nadie más en cuenta por primera vez en su vida, de inmediato logra así un efecto alquímico y benéfico en su entorno, a veces de forma incomprensible y misteriosa, el mismo efecto que había buscado inútilmente hasta entonces sacrificándose por los demás, intentando ponerles como prioridad y creyendo que así los ayudaría. Sin embargo todos sus intentos fracasaron hasta que dejó de pretender el bien ajeno y se ocupó al fin de sí mismo. El individualismo así entendido es la postura vital más generosa, pues ocuparse de uno mismo es la forma más rápida y directa de estar ocupándose de los demás, de la propia comunidad, es decir: del mundo. Hagamos lo que hagamos, sólo podemos aportar lo que somos. La buena intención de los amargados, de los tontos y de los cobardes, conlleva desgracias y conflictos. Todos se ven liberados y beneficiados cuando alguien deja de pretender solucionarles la vida y se responsabiliza de la suya. Son quienes afrontan esa responsabilidad quienes logran hacer algo significativo y profundo para los demás, incluso a veces sin proponérselo. Y son las personas sacrificadas y altruistas que buscan cambiar el mundo, que buscan ser consideradas buenas personas y concienciadas socialmente, quienes suelen estorbar y ralentizar toda transformación colectiva, toda evolución natural. Así que sed egoístas, radicalmente egoístas, si de verdad queréis ser generosos y buscáis el bien común. Si no venís a ayudar por una profunda satisfacción de ayudar, quedaos en casa, o estorbaréis y lo acabaréis estropeando todo. Convertíos, como señaló Gandhi, en el cambio que queráis ver en el mundo, y dejad en paz a los demás, por favor, que no nacieron para satisfacer vuestras creencias de cómo deberían ser las cosas ni para haceros sentir útiles. Dejad de pretender que el otro sea la persona que vosotros no tenéis el coraje aún de ser. Demostrad vuestra filosofía con vuestra vidas. Lo que funciona no necesita ser impuesto y acaba atrayendo pacíficamente a sus mejores ejecutantes, que a su vez seguirán expandiéndolo pacíficamente. La violencia suele ser señal de que se busca imponer una mentira, pues sólo la mentira requiere ser impuesta. En libertad la verdad reina siempre, pues la verdad es el resultado de la libertad. Es imposible que ser egoísta consista en ser malvado, más bien al contrario. Al dañar a otros, al pasar por encima de ellos, el malvado se labra a sí mismo la desgracia y tendrá que vivir bajo permanente amenaza, sin poder disfrutar nunca de la dicha compartida. Los malvados no son egoístas, no saben serlo, son simples imbéciles despistados. Es verdaderamente egoísta quien sabe que ocuparse antes de nada de sí mismo es estar ocupándose con cariño de su entorno, es estar haciendo lo que sabe y puede para que al menos quienes le rodean estén lo mejor posible. Individualista radical es quien se atiene a la verdadera raíz del individuo, que es la humanidad.

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